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POSICIÓN DE JOSÉ MARTÍ FRENTE A LA GUERRA DEL PACÍFICO


En otras páginas hemos demostrado suficientemente los lazos de hermandad que existen entre los pueblos peruano y cubano, desde la formación de ambos estados. Esta vez el lector tiene ante sus ojos la opinión de uno de los peruanistas más notables y prestigiosos del continente. La guerra entre Chile y Perú (1879-1883) es un capítulo luctuoso de la historia americana que ha dejado hondos y mortales desencuentros. Martí toma posición a favor del Perú "ardiente y generoso" como lo llama. Condena la agresión chilena y reconoce las virtudes de los peruanos. Una razón más para promover su estudio entre las nuevas generaciones.


Martí anota en su Cuaderno N° 13 (tomo 21 de Obras Completas, edición cubana) sus recuerdos de la lectura Historia de la Guerra del Pacífico, de Diego Barrós Arana (Santiago, 1880) pasajes como el que sigue:

“...Ni el Perú provocó a Chile, puesto que nada tuvo que hacer el Perú con la ocupación de Antofagasta, principio imprevisto y súbito de la guerra; ni el Perú se ocupó en dar o negar la declaración de neutralidad, que maliciosamente exigió Chile, sabiendo que, dado el tratado de alianza con Bolivia, había de vacilar en responder, para hallar de esta vacilación indispensable, que no podía ser más inofensiva, pretexto para la declaración de guerra; -ni puede dejar de pensarse que si el Perú hubiera asumido actitud tan arrogante, y deseado tan ardientemente la lucha, y estado tan de antemano preparado pa. ella, -no hubiese pedido un mes de plazo, (lo cual era visiblemente manera de retardar, sino evitar, el conflicto, o de hallar durante el mes un modo de evitarlo aún no hallado) para hacer la declaración, sino que, en acuerdo con su arrogancia, con su desdén de su adversario, con el auxilio que esperaba de Bolivia, con su doble número de tropas de mar y de tierra, con su presunción en sus ciencias militares, con su convicción de que la guerra sería una campaña de aparatos, y con los 5 millares y medio de población que podía alzar con la de Bolivia, contra los 2.500,000 de Chile;-en acuerdo con todo esto, que supone en el Perú, y afirma que en él había y bullía, Barros Arana, hubiera -sin necesidad de declarar la guerra, y suponiendo que mientras comenzaba transcurriría spre. el mes de preparación que se intenta creer que buscaba con la demora-hubiera publicado su tratado de alianza, y declarado que estaba a él. Paréceme ver intento marcado, generoso y prudente intento, en el Gobierno del Perú de impedir la guerra, y de buscar tiempo y medios para impedirla. Niego a Chile el derecho de declarar la guerra al Perú. Y si Chile dice que no podía desocupar a Antofagasta, como el Perú le pedía, pa. tratar con Bolivia, porque desamparaba los intereses de los chilenos, ¿por qué calla la fórmula o las fórmulas que indudablemente proponía Lavalle, porque no hubiese tenido sentido común que no los propusiera, para garantizar las propiedades de los cuidadanos de Chile mientras se gestionaba el arreglo?...”

Entonces, el objeto de la guerra contra el Perú queda demostrado:

“Chile venía apeteciendo el territorio, poblándolo a su guisa, y poniendo la mira en el vejamen y destrozo del pueblo peruano,-cuyas riquezas naturales, desdén del acumulamiento paciente de la fortuna, y brillo intelectual, como que son condiciones que ella no posee, -envidia. Si con Bolivia era la querella ¿a qué ir a Lima, sólo porque el Perú protegía, como era natural, sus tierras de Tarapacá y pedía un mes pa. declararse o no neutral; -y no ir a La Paz, donde estaba el Gobierno vejador, perseguidor de los chilenos, arruinador de la Compañía de Antofagasta,-el dueño de los terrenos discutidos, el enemigo más cercano, y disputado del terreno discutido, el perpetuo ofensor y burlador de los tratados y derechos chilenos; que así lo pinta Barrós?”

Las razones de la envidia, las anota el Apóstol :

Chile tuvo muy pocas escuelas, un modesto seminario, un colegio conventual, y desde mediados del siglo último una universidad, al estilo de las de España, pero en pequeño, y mucho más atrasada. Al terminarse la dominación española no había en todo el país 10 hombres que hubieran podido comprender otro latín que el de los comentadores de las leyes de Castilla o de los Tratados de Teología y Derecho Canónico, ni que pudieran leer una página en francés o en cualquier otro idioma moderno. Mientras México y Perú tuvieron imprenta desde el siglo 16, y las otras colonias desde el siglo 18, Chile no la tuvo hasta 1812, dos años después de haber iniciado el movimiento de independencia.

Ante las acusaciones de Barrós acerca de la supuesta voluntad belicista del Perú, Martí dice:

“Si el Perú hubiese querido la guerra ¿no hubiera estado preparado para ella?-¿no hubiera enviado con anticipación sus tropas al Sur? ¿Hubiera Prado hecho lo que privadamente hizo por evitarla?-¿No era natural que el Perú, cuyo territorio meridional estaba ocupado por chilenos, temiese una invasión semejante a la de Chile envalentonado por lo de Atacama?-¿No era natural que una prensa americana se encendiese en ira por la ocupación de Antofagasta, visiblemente deseada y premeditada con cautela? ¿Podía romperse un tratado de alianza, hecho con el Congreso, sin el Congreso? ¿Podía reunirse el Congreso con menos de un mes? Si el Gobierno del Perú hubiese deseado la guerra ¿ a qué exponerse a evitarla, con la acción de Prado y Lavalle? -Parece claro que si el Perú, ardiente y generoso, quería el castigo del pueblo patricida, su Gobierno prudentemente evitaba el conflicto. ¡Que el Perú, en aquel mes en que difería la respuesta, sólo buscaba aplazamiento pa. prepararse! Pues con él, -¡no se lo daba a Chile! Pues si hubiera anhelado la lucha -hubiérale con un mes bastado para prepararse a ella. Ni qué cabía hacer en un mes, desprovisto como estaba para el cruento combate? Ni cómo había de imaginar, a pesar de los sucesos de Bolivia, que tal cosa espantosa fuese cierta? Porque dos pueblos de América merecen ser quemados por el fuego de Dios si vienen a guerra! y por dineros! y por minas! y por cuestión de pan y bolsa! Oh! que fuera la ira látigo que flagelase, o barrera que cercase, o palabra que ennobleciese y conmoviese al hermano traidor! Traidor a su dogma de hombre, y a su dogma de pueblo americano!..”

Condena el carácter devastador de la guerra y la rapiña del vencedor:

“...Bolivia fue pretexto, con el cual se recogió de paso a Antofagasta; Perú, el objeto real, en el que se iban a saciar, no tanto ansias de poseer las salitreras de Tarapacá, cuanto viejos, celosos y tenaces rencores. El odio del fuerte al débil, odio misterioso e implacable: el odio del que envidia una superioridad de espíritu y una largueza de corazón que no posee. El odio del que no inspiraba simpatías hacia el que las inspira. El odio del mezquino al generoso: un odio grande. La guerra toma, en manos de Chile, un carácter devastador, asolador innecesario de la riqueza peruana, desde el primer combate, el de Iquique. Cuéntalo así Barros: Habían salido del Callao la Unión y Pilcomayo el 7. El 12 de abril avistan al N. de la embocadura del Loa a una cañonera chilena Magallanes: Aurelio García contra Juan J. Latorre. Averióse una de las máquinas peruanas. Retiráronse éstos. De enfrente de Iquique, donde regía la escuadra chilena el Almirante Williams Rebolledo "salieron algunas naves a recorrer la costa vecina, destruyendo los muelles y aparatos de embarque que el gobierno del Perú tenía en esos lugares para el carguío del guano". Pues ¿eran acaso los muelles y aparatos instrumentos de guerra? Pues ¿estaba la guerra suficientemente enconada en esa primera escaramuza para justificar esa destrucción injustificada y a mansalva? Pues no es claro desde el primer instante que la guerra no se hacía por honor mancillado, sino por odio a las riquezas del Perú -el más villano, el menos excusador, el más imperdonable de los odios? Pues, triunfantes en este primer encuentro, ni la disculpa de la ira por la derrota tienen los chilenos para esa obra de tala. Por el contrario, debía la primera victoria disponerlos a la generosidad. Luego cebaban odios viejos; -porque no había causa para encender los nuevos,-ni deja nunca la victoria, y sobre todo la 1ra. victoria, de predisponer a la clemencia. Y ahora, y en una nota vergonzante, sale a relucir la causa, astutamente callada en su lugar natural, de los decretos de expulsión de los chilenos dados en Lima. Encendidos en ira por el destrozo voluntario, innecesario y frío de sus muelles y aparatos de embarque, se amotinó como dice Barros,-el pueblo de Lima, y en consecuencia de aquel clamor público, y por este acto chileno, se decretó la expulsión de los chilenos del Perú. ¿A qué el alarde del historiador de que no expulsó Chile a peruanos y bolivianos? Ni éstos tenían por hábito, como los de Chile, de dejar sus hogares en busca de fortuna; ni eran numerosos en Chile; ni habían destrozado muelles, ni aparatos, ni pueblos chilenos.”

Y concluye:

El libro de Barrós Arana.

Yo entré a leer este libro con una generosa creencia (prevención) de que, aunque las razones de abnegación y sentimiento pudiesen estar de parte del Perú, las razones prácticas a lo menos estarían de parte de Chile. Porque sólo se concibe lo racional, en tanto no se palpa lo monstruoso. El primer movimiento, al tener noticia de un crimen, es rechazarlo. Y una vez creído explicarlo, si cabe;-y si cabe, disculparlo.-Mas yo no creía que un pueblo se hubiera echado responsabilidad tan grave encima si no lo hubiera podido aligerar con causas visibles y capitales, de fuerza y de peso.



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