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YEMAYA vive y reina en los mares y los lagos. Ella también domina la maternidad en nuestras vidas y es la Madre de Todos. Su nombre, una versión corta de Yeye Omo Eja significa "La Madre cuyos Hijos son los Peces", nombre que refleja el hecho de que sus hijos son innumerables. Toda vida comenzó en el mar, el liquido amniótico dentro del vientre de la madre es una representación del mar, donde el embrión se debe transformar y evolucionar en forma de pez antes de convertirse en un bebe humano. De esta forma Yemayá se revela a si misma como la verdadera madre de todos. Ella, y la raíz de todos los caminos o manifestaciones, Olokun, es la fuente de todas las riquezas, las cuales Yemayá liberalmente entrega a su pequeña hermana Oshún. Se viste con siete faldas a rayas azules y blancas y, como los mares y lagos profundos, ella es profunda y desconocida. En su camino como Okuti ella es la reina de las brujas, llevando dentro de ella secretos profundos y obscuros. En Brasil se celebra anualmente una ceremonia en la cual se le entregan ofrendas.

En el diloggún habla por Oddi (7) que es su numero,  y su día es el sábado. Sus colores azul y blanco. Su receptáculo es una sopera blanca coloreada de azul con florones. Sincretiza con la Virgen de Regla. Sus hijos son mujeres voluntariosas, fuertes y rigurosas. En ocasiones son arrogantes; pero siempre maternales y serias. Les gusta poner a prueba a sus amistades. Se resienten de las ofendas y nunca las olvidan, aunque las perdonen. Aman el lujo y la magnificencia. Son justas, un tanto formalistas, porque tienen un innato sentido de las jerarquías. “No hay más que una Yemayá, una sola con siete caminos”


Pataki de Yemayá

(Reina madre de los orishas)


Yemayá descansaba en el fondo del mar, jugando con las conchas y pececillos multicolores. Sentía una gran nostalgia por la vida en la tierra y soñaba con sus hijos a los que hacía tiempo no veía. De pronto, entre el susurro de las olas, oyó el tam tam de los tambores. Decidió engalanarse con sus corales y madreperlas, con sus sayas de azules claros o intensos como las espumas de su querido mar. Montada en su coche tirado por delfines, se dirigió a tierra para ir al encuentro de la fiesta que estaba en su apogeo en la orilla. Al llegar Yemayá, grande entre las grandes, mujer de extraordinaria belleza, se hizo un silencio para saludar como se merecía a esta orisha a quien todos respetaban y amaban. Pero Changó, altanero, que había sido separado de su madre cuando niño, sin reconocerla, decidió romper el fuego y la invitó a bailar al sonido de los sacros tambores. Embriagado por la belleza de la mujer, por la bebida y por su éxito como bailador y como orisha-hombre, la invita y la enamora. Yemayá se siente ofendida y decide darle una lección. Con sus encantos, fue llevando a Changó hasta el mar y lo invitó a ir hasta su ilé. Changó le confesó que no sabía nadar. Y ella, riéndose, le aseguró que nada le pasaría. Adentró su bote en el mar; Changó, extasiado, desplegó todos sus encantos, pero ella se lanza al mar y lo convierte en remolinos, en olas gigantescas. Tal es el oleaje, que vira el bote. Changó llama a Yemayá desesperadamente y ella, alzándose entre las encrespadas aguas, le dice: "Yo soy tu madre, respétame". Changó le pidió perdón y madre e hijo se abrazaron mientras las aguas volvieron a su nivel. Omi-o-Yemayá, Yalodde.


 

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