Alberto Ruy Sánchez nos invita, en su nuevo libro
de ensayos, a una ceremonia médica característica de este fin de
siglo: descubrirnos la mirada melancólica que
nos delata como una tribu de la letra y la lectura. En efecto, en Con la
literatura en el cuerpo. Historias de literatura y melancolía, este brillante narrador y ensayista nos
demuestra que el característico malestar finesecular no es
necesariamente una enfermedad (que debió desaparecer cuando dejó
de ser observada, como dicen de ella), sino un goce contemplativo y
mediatativo, incluso una de las inteligencias de leer, esto es, de hacer sentido en medio del sinsentido.
De
modo que en lugar del descontento y el desaliento atribuidos al clima
espiritual de los fines de siglo, este libro, tan novelesco como analítico,
demuestra sus pasiones y filiaciones en torno a la aventura vital y literaria
de un grupo excepcional de escritores, a quienes nos invita a reconocer en una
panteón familiar y tutelar. Haciendo, además, de las simetrías involuntarias una forma necesaria queconstruye el espacio de la lectura, Ruy Sánchez organiza la suya a partir de
lugares que son casas de la memoria, o sea, del habla favorable. Las tres
secciones del libro ("Memoria de catedrales góticas" y
"Memoria de tumbas góticas") permiten, además, su propuesta
novelesca: una tipología de la melancolía; esto es, una
autobiografía en clave diferida, hecha a partir de las distintas entonaciones
de la lectura. Si somos, al final, lo que hemos leído (hipótesis
cervantina que subraya el relativismo de cualquier
verdad), el testimonio de esa lectura es una vida tan
propia como imaginada.
Los
autores recordados no son tan necesariamente melancólicos (Rilke, Savinio,
Beckett, Frisch, Foucault, Barthes, entre ellos), pero su lectura sí lo
es, en el sentido que Ruy Sánchez practica su comentario de intimidades,
una conversación mediativa con los textos que siempre tiene cerca
nuestra presencia. Incluso cuando dedica su tiempo a leer a los rusos victimados
o disidentes, lo hace con la misma atención al lector que lo
acompaña; después de todo, los autoritarismos y fundamentalismos son
monologantes y nos niegan el turno de la palabra. Al final, sea el milagro de
la literatura o el horror de la política, leer a Ruy Sánchez es saberse
acompañado por una atención amable. Por lo demás, el
narrador que lee es el escritor leído: su fábula de recordar
equivale al diálogo en que se reconoce. Leyendo este libro, uno sabe que
en estos autores, pero también en la obra de Ruy Sánchez, se
postula la convicción en una comunidad de la letra.
Gracias a la sensibilidad de su prosa, Ruy Sánchez,
además nos recuerda que esa convicción puede ser una forma de la
amistad. Es sintomático del lector melancólico el dejar paso no a
las verdades sancionadoras (que ya hemos visto duran lo que un sexenio, no
más que una ideología y menos que una candidatura) sino a las
versiones personales, que tienen el temblor de la subjetividad y el valor de la
fidelidad. Por eso, "con la literatura en el cuerpo", vivida y
narrada, pensada y fabulada, este libro declara que "son inútiles las
explicaciones uniformes", ya que la melancolía no es una
explicación sino una sensibilidad interrogativa, ligeramente alarmada
ante el destino trágico de algunos grandes autores y la suerte excepcional
de unas cuantas páginas.
Para
devolver el ensayo a la narración y el relato a la biografía,
este libro se propone una simetría final, de estirpe melancólica:
empieza con el autor en un seminario de Roland Barthes, donde el maestro
comienza a ensayar su reflexión crítica y biográfica a
propósito de laexperiencia amorosa. Barthes culmina ese curso en su
tratado Fragmentos de un discurso amoroso, mientras que Ruy Sánchez lo prosigue en su análisis
de la melancolía, que empezó en ese curso con su estudio de Rilke
en París. Pero las simetrías exigen un epílogo melancólico:
la última nota del libro es sobre la muerte de Barthes.
La
muerte de Barthes, en efecto, es una fábula melancólica no sólo
por el accidente banal que la desencadenó. También porque, aunque
Ruy Sánchez no lo dice, estaba prefigurada, simétricamente, por Julio
Cortázar en la muerte de Morelli, atropellado en una calle de
París, y visitado en el hospital por sus lectores, que leen los
cuadernillos de Rayuela. Y porque probablemente, aunque Ruy Sánchez no
lo cree, fue propiciada por el propio Barthes (cuya madre había muerto
hacía poco), quien se habría aprovechado del accidente para
retirarse con un saludo de sombrero.
En
ese final de su tipología gótica, el autor se incluye subrayando
la noción de un destino novelesco en la lectura: el alumno de los comienzos
era el que escribiría el obituario del maestro.
Alberto Ruy Sánchez, Con la
literatura en el cuerpo,
Editorial Taurus, México 1995, primera edición.
Emecé, Barcelona, 2003. Cuarta edición.
Editorial Taurus, México 2008, quinta edición.
*Texto publicado en La Jornada Semanal número 49, 11 febrero de 1996, suplemento de La Jornada.