Confidencia de Sara

He visto tu invitación a contar alguna confidencia. No sé si lo que sigue cumple el requisito, pero para mí es una oportunidad de compartir con alguien estos recuerdos que he llevado por años y no he podido contarlos nunca a nadie, pues no tengo amistades para este tipo de confidencias, e incluso una vez que le insinué el tema a mi marido, no fué posible hacerlo. Me respondió algo así como:

-En ese campo, hago cuenta que tú naciste cuando te conocí...

Te doy algunos datos personales: 56 años. Profesional universitaria. Felízmente casada. 3 hijos mayores.

Mi relato tiene que ver con mi primer hombre. Fue en el verano del 55. Yo estudiaba lo que en ese tiempo eran las humanidades. Mi padre había sido operado a fines de año y se complicó, de manera que mi madre tuvo que acompañarlo en ese trance y se frustraron nuestras tradicionales vacaciones de familia, en Algarrobo. En reemplazo de ello, a mí y a mi hermana mayor nos enviaron a pasar el verano a casa de una tía, en una parcela al sur de Talca.

Mi tía no tenía hijos y con ella y su marido vivía un muchacho de unos 21 años, pariente lejano de mi tío y que lo secundaba en las labores agrícolas.

La propiedad estaba en las afueras de un pequeño pueblo y había otros fundos chicos y varios jóvenes de nuestra edad veraneando allá.

Era un ambiente muy tranquilo, que mi madre estimó adecuado para que pasáramos el verano y yo pudiera preparar un exámen que tenía para Marzo.

Los días transcurrían entre andar a caballo, comer, escuchar las radios y, la mayor atracción, bañarse en el río cercano.

Rápidamente nos hicimos de amigas y amigos con los que compartíamos estas actividades.

Las chiquillas eran todas algo mayores que yo y se encontraban en pleno despertar del interés por los hombres, el amor y el sexo. Los muchachos eran, en general, tímidos.

Entre las amigas destacaba una niña que pololeaba, en Santiago, con un funcionario bancario, que tenía hasta auto propio, y con el cual habías tenido ya toda clase de experiencias, las que se complacía en contarnos con lujo de detalles y era como nuestra consejera a ese respecto. Era tan audaz que, por ejemplo, en una de esas idas al río, cuando los hombres se apartaban para cambiarse el traje de baño, ella nos convenció de ir a espiarlos por entre los matorrales, sin que nos vieran. Ellos estaban ya, todos, casi vestidos. El único que permanecía completamente desnudo aún era el que vivía con nuestros tíos.

Yo no había visto nunca a un hombre así, de forma tal que me causó una gran impresión y, desde entonces, puedo decir que me sentí vagamente atraída por ese muchacho.

Trataba de mantener conversaciones con él, pero, generalmente, contestaba con monosílabos o frases cortas y nunca dirigía su mirada hacia mí al hablarme. Yo, la verdad, lo encontraba enigmático y más interés ponía en acercarme a él en cualquier ocasión. Llegué a familiarizarme con sus rutinas. Por ejemplo, siempre, después de almuerzo, mientras las mujeres se iban a la cocina, el resto a la siesta y yo a estudiar bajo el parrón, él se dirigía a un cuarto de madera, una pequeña bodega del campo, y permanecía allí largo rato.

Empecé a sentirme cada día más intrigada por el motivo de ello. Fue tal mi curiosidad que una tarde me encontré mirándolo por entre las tablas de la bodega.

Lo que ví no lo he podido olvidar jamás.

Estaba semirecostado sobre unos sacos de cosecha, con el pantalón bajado hasta las rodillas y se acariciaba suavemente el sexo, el que se veía erecto en todo su esplendor.

Me quedé como hipnotizada, con mi rostro pegado a las tablas, mirando como el daba rienda suelta a su auto erotismo, mientras extrañas sensaciones recorrían todo mi cuerpo. Al ver que comenzaba a arreglarse para salir y, ante el temor de que alguien me sorprendiera, volví  a sentarme y a hacer como que estudiaba, pero las ideas daban vuelta en mi cabeza y sólo tenía la visión recurrente de lo que había presenciado, aunque la penumbra de la bodega no me permitió ver todos los detalles que la amiga a que hice mención nos contaba que les ocurrían a los hombres en esas circunstancias.

En los días siguientes redoblé mis intentos de conversar o acercarme a él, pero no era posible. Se mantenía siempre callado, con la mirada evasiva y a lo más murmuraba unas respuestas lacónicas.

Seguía yendo después de almuerzo a su obscuro refugio.

Yo lo miraba disimuladamente, de lejos, pués temía acercarme a observarlo por los requicios de las tablas, aunque me imaginaba todo lo que estaba ocurriendo en el cuarto y esas sensaciones, que no había experimentado antes, volvían a apoderarse de mí.

Una de esas tardes hice que ocurriera algo: un episodio que viví de manera absolutamente compulsiva, espontáneamente, sin pensarlo previamente y que, hasta el día de hoy, no logro explicármelo.

Como en un acto reflejo.

Cuando lo ví partir a su ritual post almuerzo, me abalancé hacia él, interponiéndome entre su cuerpo y la puerta, al tiempo que, con una voz que yo misma desconocía, le dije:

- ¡ Déjame entrar! Sé todo lo que haces aquí. Te he mirado por entre las junturas de las murallas.

Me quedé mirándolo fijamente a los ojos, al tiempo que sentía que no podía continuar hablando pues parecía que si abría una vez más la boca el corazón se me saldría por ella, de lo fuerte que me latía.

Por única vez, él también fijo su mirada en la mía y lo ví palidecer, como un muerto, y luego enrojecer violentamente.

- Entra...-, me contestó con un susurro, y mirando rápidamente alrrededor, como para comprobar que nadie nos veía, empujó suavemente la puerta a mis espaldas y avanzó.

Yo retrocedía como en un sueño ante él, en la semi penumbra de esa cálida tarde de verano, sintiendo cómo los olores mezclados de trigo, cuero, hierbas y madera tibia de la vieja bodega me invadían.

Mis pantorrillas tropezaron con los sacos de trigo y él me recostó sobre ellos. Introdujo  sus manos bajo mi falda y quitándome atropelladamente mis prendas interiores, separó mis muslos.

De rodillas en el piso acercó su cuerpo al mío y yo lo dejé hacer, como si no fuera mi persona quien estuviera allí. Me parecía ser sólo una observadora externa de la escena, mirando desde fuera, por los resquicios del entablado.

Al mismo tiempo, me invadía una mezcla de temor y curiosidad junto al deseo ardiente que él había despertado en mí.

Entonces sentí el contacto de su miembro entre mis piernas, y luego, como una brasa en mi sexo, que intentaba abrirse paso hacia lo más profundo de mi ser.

Él actuaba seguro, totalmente silencioso, hasta lograr la penetración, que sentí como una puñalada en mi bajo vientre y que se irradió hasta no sé dónde en mi cuerpo. Fue tal el dolor que, instintivamente, traté de retirarme. Pero él me inmovilizó con sus fuertes brazos tomándome de las caderas al tiempo que iniciaba ese frenético y progresivo vaivén que me arrancaba ahogados quejidos de dolor y que sólo concluyó cuando violentos espasmos lo estremecieron de piés a cabeza, abatiéndose luego sobre mí, con la respiración entrecortada.

Nada más.

En todo ese tiempo yo traté de apegar mi oído a su boca, para escuchar de sus labios aquellas palabras tiernas que mi amiga contaba que los hombres susurran en tales circunstancias.

Pero nada capté.

Luego de unos instantes se incorporó. Ordenamos nuestras ropas en silencio y sólo me dijo:

-Vamos-, mientras tocaba mi espalda en rudimentaria caricia.

Durante dos o tres días me eludió más aún que antes, pero seguía yendo a sus encierros a la hora de la siesta.

Yo lo veía y se me aceleraba el corazón y mis mejillas enrrojecían. Esperaba, con el libro sobre las rodillas, que volviera a salir, mientras mi cuerpo se llenaba de sensaciones.

Volví en varias ocasiones a acompañarlo a la vieja bodega, en las tardes. Siempre ocurrió el mismo acto. Aunque yo estaba algo más relajada, no experimentaba ya tanto dolor, e incluso algo de placer, cada vez al final yo quedaba interrogándome: ¿ Qué siente por mí...? ¿ Amor? ¿ Deseo solamente? ¿ Indiferencia...?

Él nunca dijo nada. No dejaba escapar  ni la menor exclamación que me indicara, al menos, algo al respecto.

Al final de estas inolvidables vacaciones vino mi madre a buscarnos. Ese día nos despedimos con un lacónico ¡ Adiós...! y un breve apretón de manos.

Al partir busqué, afanosamente, ver su figura en el corredor agitando su mano. Traté de adivinar su rostro tras los visillos de alguna ventana.

Pero nada...

Llegando a Santiago le escribí. Allí le contaba todo lo que significaba para mí.

 No tuve respuesta

Las siguientes vacaciones fueron en entretenidos lugares de moda, con toda la familia.

En los años posteriores otros hombres, durante el contacto íntimo, me han dicho muchas palabras bellas, elevando mi auto estima y aumentando mi gozo en esos momentos. Pero nunca han podido borrar de mí la imagen, desteñida por el tiempo, de ese muchacho silencioso, de mirada escurridiza, solitario y enigmático, tan fuerte y tierno a la vez.

Sara.
 
 

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